La prima Phillis
La prima Phillis —Tengo otros motivos para preocuparme de que no te enfrÃes: si te pones enferma, Holdsworth se sentirá muy inquieto y abatido allá lejos —me referÃa a Canadá.
Me miró con ojos penetrantes, y luego volvió la cabeza hacia un lado con un leve ademán de impaciencia. Creo que habrÃa echado a correr si no hubiera estado yo impidiéndole la salida.
«De perdidos al rÃo», pensé.
—Me habló tanto de ti —continué diciendo muy deprisa—, antes de marcharse aquella noche… después de que pasáramos la tarde con vosotros y de que tú le regalaras unas flores.
Phillis se tapó el rostro con las manos, pero ahora me escuchaba…, me escuchaba con tal atención que parecÃa beber mis palabras.
—Antes no me habÃa hablado mucho de ti, pero su marcha repentina le empujó a abrir su corazón, y me contó lo mucho que te amaba, y cuánto deseaba que, a su vuelta, te convirtieras en su mujer.
—No… —consiguió decir entrecortadamente, pues la emoción le ahogaba la voz.