La prima Phillis
La prima Phillis Yo estaba tan acostumbrado a someterme a su autoridad o influencia que, en lugar de llevarle la contraria, me dispuse a obedecerle, aunque recuerdo que habrÃa preferido que me cortaran la cabeza. El posadero, claramente interesado en el caso que discutÃamos —como todo posadero de pueblo que se precie—, me acompañó hasta la entrada y me indicó varias veces el camino, como si pudiera perderme en menos de doscientos metros. Pero le escuché pacientemente, encantado de que me retuviese, pues necesitaba armarme de valor para presentarme ante unos desconocidos y decirles quién era. Recuerdo que avancé por el sendero sacudiendo todos los hierbajos altos que crecÃan en los bordes, hasta que, después de un recodo o dos, me encontré delante de la granja Esperanza. HabÃa un jardÃn entre la casa y el umbroso sendero cubierto de hierba; más tarde supe que lo llamaban el patio, tal vez porque estaba rodeado de un muro de escasa altura, con un enrejado de hierro en la parte superior y dos grandes verjas flanqueadas por sendas columnas coronadas por dos esferas de piedra. Un camino de losas conducÃa a la entrada principal. La familia nunca utilizaba aquellas verjas ni aquella entrada; las verjas, de hecho, estaban cerradas con llave, tal como descubrÃ, aunque la puerta de paso estuviera abierta de par en par. Tuve que rodear la casa por una senda lateral que las pisadas habÃan formado sobre un camino más ancho de hierba, y que, más allá del muro del patio y del montadero —medio cubiertos de pampajaritos amarillos y de pequeñas fumarias silvestres—, llegaba hasta otra puerta, la del «coadjutor», como la llamaba el dueño de la casa para diferenciarla de la principal, «muy bonita y ostentosa», que llamaba la del «párroco». Llamé con los nudillos a la puerta del «coadjutor», y una joven alta —más o menos de mi edad, según me pareció— vino a abrirme y se quedó esperando que le explicara el motivo de mi visita. Me parece estar viéndola: la prima Phillis. El sol del atardecer arrojaba toda su luz sobre ella y entraba a raudales en la estancia. Llevaba un vestido de algodón azul marino, de escote alto y manga larga, con un pequeño volante allà donde la tela rozaba su piel blanca. ¡Y vaya si era blanca! ¡Jamás he visto nada igual! TenÃa el pelo claro, más cerca del amarillo que de cualquier otro color. Me miraba fijamente con unos ojos grandes y serenos, que parecÃan preguntarse imperturbables quién era aquel desconocido. Me pareció extraño que, a su edad, siguiera llevando un guardapolvo encima del vestido.