La prima Phillis

La prima Phillis

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El pastor siguió leyendo en voz alta, pero lánguida e irregularmente, y no volvió a marcar con la regla el ritmo de ningún verso latino. Cuando anocheció aquel día de julio, más pronto de lo habitual por los nubarrones que cubrían el cielo, Phillis regresó a la sala en silencio, como si no hubiera ocurrido nada. Cogió su labor, pero estaba demasiado oscuro para dar puntadas, y en seguida la dejó. Vi cómo deslizaba su mano entre los dedos de su madre y cómo ésta la colmaba de caricias, mientras el pastor, tan consciente como yo de aquella tierna pantomima, seguía hablando en un tono más alegre de cosas que, en aquel momento, le interesaban tan poco como a mí. Y eso es decir mucho, y muestra que, incluso para un granjero, era bastante más real lo que sucedía delante de él que las prácticas agrícolas de los antiguos.

Recuerdo un detalle más, un ataque de Betty, la criada, un día que entré por la cocina, donde ella batía la mantequilla, y aproveché para pedirle un vaso de suero de leche.






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