La prima Phillis
La prima Phillis —¡Pobre muchacho! Después de todo, no eres más que un niño grande; es posible que no sepas lo que es ruborizarse… Pero ¡déjate de tonterÃas, Paul! No creas que te librarás de mà hablándome de esplendores. ¿Por qué Phillis se pasa las noches andando por la habitación en lugar de dormir en la cama? Mi cuarto está al lado del suyo, y la oigo con toda claridad. ¿Por qué llega todos los dÃas sin aliento y se desploma en esa silla? —señaló con la cabeza la que estaba cerca de la puerta—. Y me dice: «Oh, Betty, un poco de agua, por favor». Asà es como vuelve ahora, y antes lo hacÃa igual de fresca y lozana que cuando salÃa de casa. Si tu amigo la ha engañado, lo que ha hecho es imperdonable. Phillis es tan dulce y tan pura… Y es la niña de los ojos de su padre, y también de su madre, aunque para ella el pastor sea siempre lo primero. Que ese tipo se ande con cuidado, porque no pienso tolerar que le haga el menor daño a nuestra Phillis.
¿Qué podÃa hacer o decir yo? QuerÃa defender a Holdsworth, guardar el secreto de Phillis y calmar a Betty, y todo al mismo tiempo. Me temo que seguà un derrotero equivocado.
—No creo que Holdsworth le hiciera nunca el menor gesto de… galanteo. Estoy seguro de que no lo hizo.
—SÃ, sÃ, pero hay ojos, y manos, y también lenguas; y un hombre tiene dos ojos y dos manos, y sólo una lengua.