La prima Phillis

La prima Phillis

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En cuanto llegué al bosque me puse a andar muy despacio. Aquí y allá, el arroyo ruidoso y borboteante se detenía y giraba alrededor de una roca, o de las raíces de un árbol viejo, y formaba un remanso; normalmente seguía su curso impetuoso por encima de piedras y grava. Me quedé más de media hora junto a uno de esos remansos, lanzando trocitos de madera y guijarros al agua, y preguntándome qué podía hacer para remediar en lo posible las cosas. Por supuesto, mis meditaciones no servían para nada. El lejano son del cuerno con el que anunciaban el final de la jornada de trabajo me hizo saber que eran las seis y debía volver a casa. Luego flotaron en el aire las voces que entonaban el salmo nocturno. Al cruzar el Campo de los Fresnos vi al pastor hablando con un hombre. No pude oír lo que decían, pero vi un gesto de impaciencia o disconformidad (no sabría precisarlo) en el primero, que se apresuró a alejarse absorto en sus pensamientos, pues, aunque pasó a escasos veinte metros de mí cuando nuestros caminos convergieron, ni siquiera se percató de mi presencia. En cierto modo, nuestra velada fue incluso peor que el almuerzo. El pastor estaba taciturno, apesadumbrado, incluso irritable. La pobre prima Holman era presa del desconcierto ante el anómalo estado de ánimo de su marido; no se sentía demasiado bien y sufría los efectos del calor sofocante, así que estaba menos habladora que de costumbre. Phillis, normalmente tan tierna y solícita con sus padres, parecía no darse cuenta de lo insólito de la situación, y me hablaba a mí o a los demás de los temas más triviales, a pesar de la gravedad de su padre y del aire triste y desorientado de su madre. Pero mis ojos se fijaron en sus manos, medio ocultas bajo la mesa, y pude ver los movimientos frenéticos, incesantes y convulsos con que entrelazaba los dedos, retorciéndoselos hasta que la carne crispada se volvía totalmente blanca. ¿Qué podía hacer yo? Hablé con ella, porque me pareció que así lo deseaba. Sus ojos grises tenían ojeras, y una extraña luz brillaba en ellos; en sus mejillas había un ligero rubor, pero sus labios estaban pálidos y blanquecinos. Me sorprendió que los demás no interpretaran esas señales con la misma claridad que yo. Aunque tal vez lo hicieran, y, por lo que aconteció después, creo que ése había sido el caso del pastor.


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