La prima Phillis
La prima Phillis ¡Pobre prima Holman! Adoraba a su marido, y las muestras externas de su inquietud le resultaban más evidentes que las de su hija. No podÃa soportar verlo asÃ. Se puso en pie, y apoyó con dulzura la mano en sus hombros anchos y encorvados.
—¿Qué pasa, marido mÃo? —preguntó, angustiada—. ¿Ha ocurrido algo?
El pastor se sobresaltó como si lo hubiera despertado. Phillis inclinó la cabeza, y contuvo la respiración a la espera de que su padre contestara lo que tanto temÃa. Pero él recorrió la estancia con la mirada y, volviendo el rostro ancho y sabio hacia su mujer, se obligó a sonreÃr y le dio la mano para tranquilizarla.
—Estoy disgustado conmigo mismo, querida. Esta mañana he tenido un arrebato de ira. Y estaba tan fuera de mà que he despedido a Timothy Cooper. Ha matado el manzano que hay en la esquina del huerto. Al preparar la argamasa para construir la pared nueva del establo, amontonó la cal viva contra el tronco… ¡Hace falta ser necio! Y el árbol está muerto… ¡aunque cargado de manzanas reinetas!
—Y hay tan pocos manzanos de esa variedad… —exclamó la prima Holman, haciéndose cargo.