La prima Phillis
La prima Phillis —SÃ, pero Timothy es corto de mollera, y tiene mujer e hijos. Muchas veces me ha sacado de quicio con su holgazanerÃa, pero mis esfuerzos para soportarle se los he ofrendado al Señor. Pero ya no puedo más, se me ha agotado la paciencia. Le he dicho que empiece a buscarse otro trabajo. No volveremos a hablar más de este asunto, querida.
Retiró con dulzura la mano que su mujer apoyaba en su hombro, y la rozó con los labios; pero, aunque su aire fuera menos sombrÃo, volvió a sumirse en un silencio sepulcral. No sabrÃa decir por qué, pero aquel fragmento de conversación entre sus padres acabó con las fuerzas de Phillis para fingir animación. Dejó de hacer comentarios y contempló a través del ventanal abierto la luna enorme y serena, que se deslizaba lentamente por el cielo del anochecer. Pensé que sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero, de ser asÃ, se las secó de inmediato y se levantó en el acto cuando su madre, triste y cansada, le propuso ir a dormir después de las oraciones. Todos le dimos —uno detrás de otro— las buenas noches al pastor, que seguÃa sentado a la mesa con la Biblia grande abierta ante él; y, aunque apenas alzara la vista del libro, nos devolvió amablemente el saludo. Estaba a punto de irme de la sala, el último de todos, cuando el pastor me dijo:
—Paul, ¿me harÃas el favor de quedarte conmigo unos minutos? Me gustarÃa hablar contigo.