La prima Phillis
La prima Phillis La señora Holman se sentó, como si su curiosidad por lo sucedido en los veinticinco años que llevaba sin ver a mi madre fuera demasiado para ella. Su hija, Phillis, cogió su labor de punto —una media gris de hombre, muy larga y de estambre— y empezó a tejer con la vista en alto. Yo sentÃa que sus ojos grises y profundos estaban fijos en mÃ, aunque una vez levanté los mÃos para constatarlo y ella estaba mirando algo en la pared, por encima de mi cabeza.
Cuando respondà a todas sus preguntas, mi prima Holman dio un largo suspiro y dijo:
—¡Pensar que el hijo de Margaret Moneypenny está en nuestra casa! Ojalá estuviera el pastor. Phillis, ¿en qué sembrado está hoy tu padre?
—En Cinco Acres; están empezando a segar el trigo.
—Entonces no querrá que le llamemos; qué lástima, me habrÃa gustado que lo conocieras. Pero Cinco Acres está muy lejos. Aun asÃ, no te irás de esta casa sin tomar un vaso de vino y un trozo de bizcocho. Es una lástima que tengas que irte, el pastor suele volver cuando los hombres toman el refrigerio de las cuatro.
—SÃ, tengo que irme. TendrÃa que haber salido ya.
—Corre, Phillis, coge las llaves.
Dio unas instrucciones a su hija en voz baja y ésta se fue de la sala.