La prima Phillis
La prima Phillis —Meter en la cabeza de una niña semejantes ideas… —continuó él—. Echar a perder su paz virginal hablándole del amor de otro hombre. ¡Aunque menudo amor! —añadió, con desprecio—. Un amor dispuesto a entregarse a la primera mujer. ¡Cuando recuerdo el dolor en el rostro de mi hijita durante la comida…! Paul, pensaba que podÃa confiar en ti… Siendo hijo de tu padre, además… ¡Mira que llenarle a una niña la cabeza con esas ideas! ¡Cuando pienso que estuvisteis hablando de ese hombre que querÃa casarse con ella…!
No pude evitar acordarme del guardapolvo, la prenda infantil que Phillis habÃa llevado tanto tiempo, como si sus padres no se percataran de que era casi una mujer. Y el pastor seguÃa hablando de ella y pensando en ella como una niña, cuya paz inocente yo habÃa destrozado con mis palabras insustanciales e imprudentes. Yo sabÃa que la verdad era muy distinta, aunque a duras penas habrÃa podido contársela; pero jamás se me pasó por la cabeza añadir nada que pudiera aumentar el sufrimiento que yo habÃa causado. El pastor siguió paseándose, deteniéndose de vez en cuando para mover las cosas de la mesa, o algún mueble, con brusquedad, impaciencia y desatino.