La prima Phillis

La prima Phillis

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—¡Tan joven y tan pura! —empezó a decir de nuevo—. ¿Cómo pudiste hablar con una chiquilla de ese modo, infundiéndole esperanzas y alimentándolas… para que todo acabara así? Y creo que es lo mejor que ha podido pasar, aunque me haya hecho ver cómo la tristeza embarga su semblante. No puedo perdonarte, Paul; no fue sólo un error, fue perverso por tu parte… decirle a ella las palabras de ese hombre.

El pastor estaba ahora de espaldas a la puerta, y el tono de su voz, profundo e irritado, le impidió oír que ésta se abría lentamente, y no vio a Phillis en el umbral hasta que se dio la vuelta. Entonces enmudeció. Ella debía de estar medio desvestida, y se había envuelto en un manto oscuro de invierno que caía formando grandes pliegues sobre sus pies blancos, desnudos y silenciosos. Su cara estaba extrañamente pálida; tenía ojeras muy marcadas. Se acercó a la mesa muy despacio, apoyó la mano en ella y dijo con tristeza:

—Padre, no debe culpar a Paul. No he podido evitar escuchar parte de la conversación. Es cierto que él me lo contó, y tal vez habría sido más prudente que no lo hubiera hecho… Paul, mi querido Paul… ¡Dios mío! ¡Me siento tan avergonzada…! Si me lo dijo fue por su buen corazón, porque se dio cuenta de… lo desdichada que me sentía cuando él se marchó.

Agachó la cabeza, y cargó aún más su peso sobre la mano.


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