La prima Phillis
La prima Phillis —No lo entiendo —dijo el pastor.
Pero empezaba a hacerlo.
Vi que su hija no le contestaba y que él volvÃa a pronunciar estas palabras. Sentà ganas de abofetearle por su crueldad, pero comprendÃa su angustia.
—¡Estaba enamorada de él, padre! —exclamó Phillis al fin, levantando los ojos para mirar al pastor.
—¿Te dijo alguna palabra de amor? Paul asegura que no.
—Jamás.
Phillis bajó la vista y se inclinó un poco más. ParecÃa a punto de caerse.
—No podÃa creerlo —dijo él con cierta aspereza, pero luego suspiró. Durante unos instantes hubo un silencio sepulcral—. ¡Paul! He sido injusto contigo. Aunque no hubieras obrado bien, no merecÃas que te echara la culpa de todo.
Se hizo el silencio de nuevo. Creà ver cómo se movÃan los labios pálidos de Phillis, pero debió de ser el parpadeo de la luz de una vela; una mosca habÃa entrado por el ventanal abierto y revoloteaba alrededor de la llama. PodrÃa haberla alejado de ella, pero estaba demasiado angustiado para preocuparme por su suerte. En cualquier caso, no se oyó el menor ruido durante unos minutos que se me hicieron interminables. Por fin el pastor dijo: