La prima Phillis
La prima Phillis —¡Phillis! ¿Acaso no te hemos hecho feliz? ¿No te hemos querido lo suficiente?
Ella no pareció entender lo que su padre quería decir. Levantó la cabeza, consternada, y en sus preciosos ojos desorbitados brilló una expresión dolorida y atormentada. El pastor continuó hablando sin fijarse en su mirada (estoy seguro de que ni llegó a verla).
—Y, aun así, nos habrías dejado… Habrías abandonado tu hogar, a tu padre y a tu madre, y te habrías ido a recorrer el mundo con ese extraño.
Él también sufría; la voz con la que pronunció este reproche dejaba traslucir claramente su amargura. Es posible que padre e hija no se hubieran sentido nunca tan distanciados. Ni peor avenidos. Pero un terror nuevo pareció apoderarse de ella, y fue a él a quien pidió ayuda. Una sombra nubló su rostro, y se dirigió tambaleante hacia su padre. Cayó al suelo, abrazada a las rodillas del pastor, y exclamó con un gemido:
—¡Mi cabeza, padre! ¡Mi cabeza!
Y, deslizándose entre los brazos que se habían apresurado a estrecharla, quedó tendida en el suelo.