La prima Phillis
La prima Phillis No olvidaré la desesperación del pastor mientras viva. Jamás. La levantamos entre los dos; su tez estaba singularmente oscura, habÃa perdido el conocimiento. Atravesé la cocina, corrà hasta la bomba del patio trasero y regresé con agua. El pastor tenÃa a Phillis sobre las rodillas, con la cabeza apoyada en el pecho, casi como una niña dormida. Trataba de ponerse en pie con su preciosa carga, pero un miedo cerval le habÃa privado momentáneamente de su fuerza, y se desplomó en la butaca sollozando.
—No está muerta, ¿verdad, Paul? —susurró, con voz ronca, cuando me acerqué a él.