La prima Phillis

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Tampoco yo podía hablar, pero le señalé el temblor de los músculos que rodeaban la boca de su hija. En ese preciso instante la prima Holman, atraída por algún sonido extraño, bajó de su dormitorio. Recuerdo que en aquel momento me sorprendió su presencia de ánimo; sabía lo que hacer mucho mejor que su marido, en medio del terror que volvía pálido su rostro y le hacía temblar. Creo que lo que intimidaba al pastor era el recuerdo de lo que acababa de suceder, la idea atroz de que tal vez sus palabras hubieran desencadenado aquel ataque, fuera cual fuere su naturaleza. Llevamos a Phillis al piso de arriba, y, mientras las mujeres la acostaban —aún inconsciente, aún ligeramente convulsa—, salí a hurtadillas de la casa, ensillé un pesado trotón y cabalgué lo más rápido que pude en busca del médico de Hornby. Me dijeron que estaba fuera, y que quizá lo retuviera toda la noche algún enfermo. Recuerdo que exclamé: «¡Qué Dios nos ayude!», sin desmontar del caballo, bajo la ventana por la que el ayudante había asomado la cabeza para responder a mis furiosos tirones de la campanilla de noche. Era un muchacho de buen corazón, y me dijo:

—Quizá el médico vuelva dentro de media hora. Nunca se sabe, pero no me sorprendería. Le enviaré a la granja Esperanza en cuanto llegue. La enferma es esa joven tan hermosa, la hija de Holman, ¿no?

—Sí.


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