La prima Phillis
La prima Phillis —SerÃa una lástima que muriera. Es hija única, ¿verdad? Me levantaré y fumaré una pipa en la consulta, para estar atento a la llegada del patrón. Si me acuesto, podrÃa quedarme dormido.
—¡Gracias! Eres un buen tipo…
Volvà casi tan rápido como habÃa ido.
Era una fiebre cerebral. Fue el diagnóstico del médico cuando llegó a primera hora aquella mañana estival. Supongo que quienes habÃamos pasado la noche a la cabecera de su cama ya habÃamos intuido la naturaleza de su enfermedad. El cauteloso médico no quiso pronunciarse sobre las esperanzas de recuperación ni sobre las probabilidades de un luctuoso final. Nos dio una serie de instrucciones, y prometió volver pronto; tan pronto que delató lo grave que consideraba el estado de su paciente.
Gracias a la infinita bondad del Señor, Phillis se recuperó. Pero su enfermedad fue larga y agotadora. Yo habÃa quedado en volver a casa de mis padres a principios de agosto. Pero, sin que nadie dijera nada, aquella idea se dejó a un lado. Estoy convencido de que me necesitaban en la granja, sobre todo el pastor. Mi padre era el último hombre de la Tierra que, en esas circunstancias, me esperarÃa en casa.