La prima Phillis

La prima Phillis

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Como he dicho, me necesitaban en la granja. Todos sus habitantes (he estado a punto de decir todas sus criaturas, pues hasta las bestias más obtusas parecían conocer y amar a Phillis) estaban tristes y desconsolados, como si una nube ocultara el sol. Se ocupaban en sus faenas, esforzándose para no caer en la tentación de holgazanear cuando no les veía el amo: querían ser dignos de la confianza que éste tenía depositada en ellos. Pues, un día después de que Phillis enfermara, el pastor había convocado a todos sus trabajadores en el granero vacío, y les había suplicado que rezaran por su única hija; luego les había hablado de su incapacidad para pensar en otra cosa que no fuera su pequeña Phillis, a un paso de la muerte, y les había pedido que continuaran con sus labores cotidianas del mejor modo posible, sin esperar sus directrices. Y aquellos hombres honrados se esmeraban por hacer bien su trabajo, aunque iban de un lado a otro mustios y preocupados. En las mañanas sombrías se acercaban uno a uno para tomar el pulso a la desgracia que ensombrecía la casa; y escuchaban las noticias de Betty —siempre oscurecidas después de pasar por su imaginación— moviendo lentamente la cabeza y adoptando un aire pesaroso y compasivo. Pero apenas podía confiárseles un recado urgente, y ése era el humilde servicio que yo podía prestar. Unas veces tenía que cabalgar a toda prisa hasta la casa de sir William Bentinck, a fin de conseguir hielo para ponerlo en la frente de Phillis. Y otras tenía que ir a Eltham —en tren, a caballo o como fuera para decirle al médico que se acercara a la granja, pues se había manifestado algún síntoma nuevo que el señor Brown, el facultativo de Hornby, consideraba alarmante. Pasaba muchas horas sentado en el asiento de la ventana que había en mitad de la escalera, muy cerca del viejo reloj, escuchando en medio de la calurosa quietud los sonidos que salían del cuarto de la enferma. El pastor y yo nos encontrábamos a menudo, pero casi nunca hablábamos. ¡Parecía haber envejecido tanto…! Ayudaba a la prima Holman a cuidar de Phillis; a ambos parecía haberles sido dada la fortaleza que aquellos días exigían. No necesitaban a nadie más a la cabecera de su hija. Cuanto se refería a Phillis era sagrado para ellos; la propia Betty entraba en la habitación sólo cuando era imprescindible. Una vez entreví a Phillis a través de la puerta abierta: llevaba mucho más corto su precioso cabello rubio, tenía unos paños húmedos sobre la frente y movía la cabeza sin parar de un lado a otro de la almohada, con los ojos cerrados, intentando tararear como acostumbraba la melodía de algún himno, aunque sus gemidos de dolor la obligaran constantemente a interrumpirlo. Su madre se sentaba a su lado, sin que asomaran las lágrimas a sus ojos, y cambiaba los paños de su frente con paciente solicitud. Al principio no vi al pastor, pero estaba en un rincón umbrío, de rodillas y con las manos juntas, rezando con fervor. Entonces alguien cerró la puerta, y no vi nada más.


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