La prima Phillis

La prima Phillis

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Bajaron a Phillis a la planta baja, donde habría de pasar horas y horas tendida en silencio en el gran sofá, que habían acercado a la ventana de la sala de estar. Mostraba siempre la misma actitud amable, callada y triste. La energía no volvió a ella, empero, cuando recuperó la fuerza física. En ocasiones era penoso ver los vanos esfuerzos que hacían sus padres para despertar en ella el interés por las cosas. Un día el pastor le trajo un juego de cintas azules, y le recordó con una tierna sonrisa una conversación de tiempo atrás en la que ella había reconocido su gusto por tales vanidades femeninas. Y Phillis se lo agradeció, pero, cuando su padre se hubo ido, dejó las cintas a un lado y cerró lánguidamente los ojos. En otra ocasión vi cómo su madre le traía los libros latinos e italianos con los que tanto se deleitaba antes de su enfermedad —o, mejor, antes de la partida de Holdsworth—. Y eso fue lo peor de todo. Volvió la cara hacia la pared, y rompió a llorar en cuanto su madre le dio la espalda. Betty estaba poniendo el mantel para una cena temprana, y sus ojos perspicaces se hicieron cargo en seguida de la situación.






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