La prima Phillis

La prima Phillis

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En mi fuero interno estaba encantado de su ausencia. No me gustaban demasiado los pastores en aquella época, y pensé que sería un hombre muy especial si ponía objeciones a la fiesta de la primavera. Pero, antes de irme, la prima Holman me hizo prometerle que volvería el sábado siguiente y que pasaría el domingo con ellos; así conocería a su marido.

—Si puedes, ven el viernes —fueron sus palabras de despedida, mientras se quedaba en la puerta del «coadjutor», protegiéndose del sol crepuscular con la mano en los ojos.

En el interior de la casa seguía la prima Phillis: su cabello dorado y su tez deslumbrante iluminaban el rincón de la sala de estar que se hallaba a la sombra de una parra. No se había levantado cuando me despedí; me había mirado directamente a los ojos mientras me decía adiós sin inmutarse.

Encontré al señor Holdsworth en las vías, supervisando todos los trabajos. En cuanto tuvo un momento libre, me dijo:

—Bueno, Manning, ¿cómo son esos primos? ¿Qué tal compagina el pastor los sermones con las tareas de granjero? Si es un hombre práctico, además de clérigo, empezaré a respetarlo.


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