La prima Phillis
La prima Phillis Levantó la pala que tenÃa en la mano y empezó a marcar el compás con ella. Yo no me sabÃa la letra ni la música, pero aquellos dos campesinos sÃ. Y Phillis también: su voz hermosa siguió a la de su padre en cuanto se puso a cantar; y los dos hombres se unieron a ellos con menos firmeza, pero de manera armoniosa. Phillis me miró un par veces un tanto sorprendida de mi silencio; pero yo no conocÃa ese salmo. Y allà nos quedamos los cinco, todos con la cabeza descubierta excepto Phillis, en aquella rastrojera pardo rojiza en la que aún se veÃan las gavillas de trigo. A un lado tenÃamos un bosque muy frondoso donde se arrullaban las palomas torcaces; al otro, una inmensidad azul entre las ramas de los fresnos. No sé por qué, pero creo que, si hubiera sabido la letra y hubiese podido cantar, mi garganta habrÃa sido incapaz de emitir sonido alguno ante lo insólito de la escena.
El himno llegó a su fin, y los hombres desaparecieron antes de que yo tuviera tiempo de moverme. Vi cómo el pastor empezaba a ponerse su chaqueta y me miraba con curiosidad y simpatÃa antes de que saliera de mi aturdimiento.
—Supongo que vosotros, los caballeros del ferrocarril, no termináis la jornada entonando juntos un salmo —dijo—. Pero no es una mala costumbre, no. Hoy lo hemos hecho más temprano que otros dÃas para ser hospitalarios. Nada más.