La prima Phillis

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Yo no tenía nada que responder a eso, aunque me hubiera dado mucho que pensar. De vez en cuando miraba de reojo al pastor. Su chaqueta era negra, al igual que el chaleco; no llevaba pañuelo, y su poderoso cuello aparecía desnudo por encima de una camisa blanca como la nieve. Vestía bombachos de un color apagado y medias grises de estambre (pensé que sabía quién se las tejía), y sus zapatos estaban reforzados con tachuelas. Llevaba el sombrero en la mano, como si le gustara sentir la brisa en el pelo. Poco después le vi coger la mano de su hija, mientras caminaban de vuelta a casa. Teníamos que pasar por un sendero. En él había dos niños pequeños: uno estaba tumbado en la hierba, boca abajo, llorando a moco tendido, y el otro lo miraba inmóvil, con un dedo en los labios y unos lagrimones compasivos en las mejillas. La causa de su pena era evidente: había un cántaro de barro roto, y un pequeño charco de leche derramada por la tierra.

—¡Vamos, vamos! ¿Qué ha pasado? —dijo el pastor—. ¿Qué has hecho, Tommy?

Con uno de sus vigorosos brazos levantó al pequeño, que vestía un mandilón y lloraba en el suelo. Los ojos redondos de Tommy le miraron sorprendidos, aunque no asustados: era evidente que se trataba de dos viejos conocidos.

—¡El jarro de mamá! —exclamó al fin el niño, echándose a llorar de nuevo.


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