La prima Phillis
La prima Phillis —Bueno, será mejor que no nos metamos en profundidades teológicas. ¿Qué tal si os dejo un bote con tapa para que llevéis la leche a casa? Al menos no se os romperá, aunque seguro que la derramáis si empezáis una carrera… Vamos, niños, ¡haremos eso!
HabÃa soltado a su hija, y ahora llevaba de la mano a los dos pequeños. Phillis y yo les seguimos y oÃmos el parloteo de los niños con el pastor obviamente, estaba disfrutando con ellos. En un momento dado se vio un estallido rojizo en el paisaje del atardecer. El pastor se dio la vuelta y recitó un par de versos en latÃn[5].
—Es maravilloso ver con cuánta precisión eligió Virgilio unos epÃtetos imperecederos hace casi dos mil años en Italia —dijo luego—. Y cómo describió a la perfección lo que ahora vemos en la parroquia de Heathbridge, condado de… Inglaterra.
—Supongo que es cierto —respondà yo, ruborizándome por haber olvidado el poco latÃn que sabÃa.
El pastor dirigió su mirada al rostro de Phillis, donde encontró la muda comprensión que yo, en mi ignorancia, no podÃa ofrecerle.
«¡Oh! Esto es peor que el catecismo —pensé—. Aquello era sólo memorizar palabras».