La prima Phillis
La prima Phillis Pero la prima Holman apareciĂł en seguida. Intentaba siempre darle la bienvenida cuando volvĂa del trabajo —una mirada, un roce, no más—, y Ă©l la habĂa echado de menos. Haciendo caso omiso de mi presencia, Ă©l le contĂł con detalle lo que habĂa hecho a lo largo de la jornada; despuĂ©s se levantĂł y dijo que tenĂa que vestirse de pastor, y que luego tomarĂamos una taza de tĂ© en el salĂłn. El salĂłn era una estancia muy amplia, y tenĂa dos ventanales al otro lado del ancho pasillo enlosado que llevaba desde la puerta del «coadjutor» a la gran escalera de peldaños de roble, bajos y brillantes, sobre los que jamás habĂan colocado una alfombra. El suelo estaba cubierto con un tapiz bordado en casa, al que no faltaba el ribeteado. Un par de pintorescos retratos de la familia Holman colgaban de las paredes. La rejilla de la chimenea y el atizador, la paleta y las tenazas eran de un hierro profusamente ornado. Y encima de una mesa pegada a la pared, entre los dos ventanales, habĂa un jarrĂłn de flores sobre el infolio de la Biblia de Mathew Henry[6]. Me sentĂ muy halagado de estar en aquel salĂłn, y tratĂ© de mostrarme agradecido, pero desde ese dĂa nunca volvimos a comer en Ă©l, de lo cual me alegrĂ©, pues el amplio cuarto de estar, sala, comedor —o cualquier otro nombre que le dieran— era mucho más cĂłmodo y acogedor. HabĂa una alfombrilla delante de una enorme chimenea, un pequeño horno junto a la rejilla y un gancho con una tetera sobre los leños que ardĂan. Todo lo que debĂa ser negro y reluciente en ese cuarto era negro y reluciente; y las losas del suelo, las cortinas de las ventanas y todo cuanto debĂa ser blanco e inmaculado estaba impecable. Frente a la chimenea, y a todo lo largo de la estancia, habĂa un tablero de roble para jugar al tejo, con la inclinaciĂłn perfecta para que un jugador hábil empujara los pesos sin que Ă©stos se cayeran. HabĂa varias cestas con bordados y encajes de hilo blanco, y un pequeño estante con libros… libros para leer, no para sostener el jarrĂłn de flores. CogĂ un par de ellos cuando me quedĂ© solo aquella primera noche: Virgilio, Julio CĂ©sar, una gramática griega… ¡Dios mĂo! ¡QuĂ© horror! ¡Y todos tenĂan el nombre de Phillis Holman en la primera página! Los cerrĂ© y volvĂ a colocarlos en su sitio, y luego me alejĂ© cuanto pude de aquel estante. Y me propuse evitar a mi prima Phillis, aunque se sentara a tejer tranquilamente y su pelo pareciera más rubio; sus pestañas, más largas y oscuras; y su hermoso cuello, más blanco que nunca. DespuĂ©s del tĂ© habĂamos vuelto a la sala de estar para que el pastor pudiera fumar su pipa sin miedo a estropear las sobrias cortinas de damasco del salĂłn. Para tener aspecto de clĂ©rigo se habĂa anudado al cuello uno de esos inmensos pañuelos de muselina blanca que yo le habĂa visto planchar a la prima Holman en mi primera visita a la granja, y habĂa cambiado un par de detalles más en su atuendo. Se sentĂł y empezĂł a mirarme fijamente, aunque ni siquiera sĂ© si me veĂa. Pero en aquel momento tuve esa impresiĂłn; me pareciĂł que, en lo más recĂłndito de su cerebro y de algĂşn modo oscuro, estaba evaluándome. De vez en cuando se sacaba la pipa de la boca, vaciaba las cenizas y me hacĂa una pregunta. Cuando Ă©sta se referĂa a mis conocimientos o lecturas, yo me revolvĂa incĂłmodo en el asiento y no sabĂa quĂ© contestar. Al final se puso a hablar del ferrocarril, un tema más práctico, y yo me sentĂ mucho más cĂłmodo. Me interesaba realmente mi trabajo; y el señor Holdsworth, sin duda, me habrĂa despedido si no le hubiera dedicado a la vez tiempo e inteligencia. Además, yo estaba obsesionado con las dificultades que estábamos teniendo, ya que Ă©ramos incapaces de encontrar un suelo firme bajo el musgo de Heathbridge, sobre el que querĂamos tender las vĂas. En medio del entusiasmo de mis explicaciones, me impresionĂł lo pertinentes que eran sus preguntas. No pretendo negar que desconociera muchos detalles relativos a la ingenierĂa: era previsible, pero, en cuanto sentaba una premisa, veĂa las cosas con claridad y razonaba con mucha lĂłgica. Phillis, tan parecida a Ă©l fĂsica y espiritualmente, dejaba su labor de vez en cuando para mirarme, como si quisiera entender en profundidad lo que decĂa. Y yo tenĂa la sensaciĂłn de que lo hacĂa; tal vez por eso me esforcĂ© más de lo habitual para expresarme con claridad y cuidar mis palabras.