La prima Phillis

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Pero yo estaba enfadado, y fingí no darme cuenta. Poco después, cuando acabó su pipa, el pastor se levantó y salió de la habitación. Phillis se apresuró a dejar su labor y le siguió; pero apareció de nuevo unos minutos después y volvió a sentarse. Al cabo de un rato, antes de recobrar mi buen humor, el pastor abrió la puerta y me invitó a seguirle. Recorrimos un estrecho pasillo de piedra y entré en una habitación muy extraña, llena de esquinas, que no medía ni nueve metros cuadrados y servía tanto de despacho como de contaduría, y que daba al patio trasero. Había una mesa para trabajar sentado y otra para trabajar de pie, una escupidera, una estantería con libros de teología y otra, más pequeña, con libros sobre el herraje de las caballerías, la labranza, los abonos y esa clase de cosas, amén de un montón de notas fijadas a las paredes con trozos de oblea, clavos, alfileres o lo que en ese momento hubiera encontrado a mano, una caja de herramientas de carpintería en el suelo y algunos manuscritos taquigrafiados sobre la mesa.

El pastor se dio la vuelta hacia mí, sonriendo.

—Esa ridícula hija mía dice que te has enojado por mi culpa. —Apoyó una mano grande y poderosa sobre mi hombro—. Pero yo le he asegurado que no, que la gente no se enfada cuando las cosas se dicen sin mala intención.


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