La prima Phillis
La prima Phillis Recordé que se había definido como un lector voraz. Y aquellas viandas menos espirituales que aguardaban en la mesa parecieron abrirle también el apetito. Pero vi, o creí ver, que no le gustaba excederse ni en la comida ni en la bebida.
En cuanto terminamos de cenar, familiares y sirvientes se congregaron para rezar. Fue una larga oración nocturna improvisada; y me habría parecido poco entusiasta de no haber vislumbrado la jornada que la había precedido, algo que me permitió formarme una idea de los pensamientos que precedían a aquellas palabras inconexas. El pastor, arrodillado en medio de un círculo, con los ojos cerrados y las manos juntas, extendidas, guardaba a veces largos silencios —como interrogándose si tenía algo más que «comunicar al Señor» (para decirlo con su expresión)— antes de impartir la bendición. Rezó por el ganado y las demás criaturas vivas, lo que me causó bastante asombro; ya que estaba distraído cuando estas palabras tan poco solemnes captaron nuevamente mi atención.