La prima Phillis

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Y, al llegar aquí, debo dejar constancia de algo singular que ocurrió al final de la oración, cuando aún estábamos de rodillas (y antes de que la agotada Betty se despertara por completo, pues tenía por costumbre dormirse profundamente con la cabeza apoyada en los brazos fornidos). El pastor, arrodillado entre nosotros pero con los ojos abiertos y los brazos caídos, le dijo al anciano, que se volvió hacia él:

—John, ¿has dado a Daisy su afrecho templado esta noche? Porque no podemos descuidar nuestras obligaciones. Dos litros de gachas, una cucharada de jengibre y un cuarto de pinta de cerveza… La pobre bestia lo necesita, y me temo que había olvidado decírtelo. Es ridículo que esté aquí pidiendo la bendición del Señor —exclamó, bajando la voz— si luego descuido mis obligaciones.

Antes de acostarnos me dijo que apenas me vería durante el resto de mi visita, que concluiría el domingo por la tarde, ya que siempre dedicaba el sábado y el domingo a sus tareas eclesiásticas. Recordé que aquello era lo que me había dicho el posadero al preguntar por primera vez por mis nuevos parientes. Y no me disgustó la oportunidad que se me ofrecía de conocer mejor a la prima Holman y a Phillis, aunque confiaba en que esta última no volviera a la carga con el asunto de las lenguas muertas.


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