La prima Phillis

La prima Phillis

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Me fui a la cama y soñé que era tan alto como la prima Phillis, y que me crecía súbitamente la barba, y algo aún más milagroso: que sabía latín y griego. Desgraciadamente, al despertar seguía siendo un joven bajo e imberbe, y «tempus fugit» era lo único que recordaba del poco latín que aprendí en su día. Mientras me vestía, tuve una gran idea: le preguntaría yo a la prima Phillis antes de que ella me preguntara a mí, y así podría elegir siempre los temas de nuestras conversaciones.

A pesar de lo temprano que era, todo el mundo había desayunado, y me esperaba sobre el horno un cuenco de pan con leche. Todos estaban trabajando. La primera en llegar fue Phillis con un cesto de huevos. Fiel a mi determinación, le pregunté:

—¿Qué son?

Ella me miró unos instantes y luego respondió muy seria:

—¡Patatas!

—¡No! —protesté yo—. Son huevos. ¿Por qué dices que son patatas?

—¿Por qué me has preguntado lo que son cuando saltaba a la vista? —replicó ella.

Empezamos a enfadarnos el uno con el otro.

—No sé. Quería hablar contigo, y tenía miedo de que me hablaras de libros, como ayer. No he leído mucho, y el pastor y tú habéis leído tanto…


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