La prima Phillis
La prima Phillis Me sorprendió que dijera aquello. Supongo que había empezado a imaginar que nuestros gustos iban a ser muy diferentes. Recorrimos juntos el patio trasero, y dimos de comer a las aves; ella se arrodilló con el guardapolvo lleno de grano y harina, y se lo ofreció a los tímidos y sedosos polluelos, causando la inquietud de su digna y alterada madre, la gallina. Luego llamó a las palomas, que al oír su voz bajaron revoloteando. Después los dos pasamos revista a los grandes y lustrosos caballos de tiro; acordamos que no nos gustaban los cerdos; alimentamos a los terneros; mimamos a Daisy, la vaca enferma; y admiramos en los pastos a todos sus congéneres. Volvimos a casa a la hora de comer, agotados y hambrientos: habíamos olvidado la existencia de las lenguas muertas y, en consecuencia, nos habíamos convertido en grandes amigos.