La prima Phillis
La prima Phillis —Está bien —exclamó, tras unos instantes de silencio—. Sólo llevo unos dÃas pensando en ello, pero me he encariñado tanto con ese proyecto como si fuera una máquina nueva que estuviese diseñando. He aquà a nuestro Paul, pensaba yo, un chico sensato y de buen corazón, que jamás nos ha dado un disgusto o un problema a su madre o a mÃ; diecinueve años, buenas perspectivas de trabajo, bastante bien parecido, aunque no exactamente guapo… Y he ahà a su prima, aunque el grado de parentesco sea suficientemente lejano: diecisiete años, bondadosa y sincera, educada tanto para trabajar con las manos como con la cabeza; aficionada a los libros, pero eso, además de inevitable, es más su desgracia que su culpa, ya que es hija única de un erudito. Como he dicho antes, en cuanto se case se olvidará de todo eso, estoy convencido. Con una buena casa y unas buenas tierras cuando el Señor tenga a bien llevarse a sus padres al cielo. Y tiene unos ojos tan hermosos como los de la pobre Molly, y un rubor que aparece y desaparece en una tez blanca como la leche, y unos labios tan bonitos…
—¡Caramba, señor Manning! ¿Quién es esa dama tan hermosa que describe? —preguntó el señor Holdsworth, que acababa de sorprendernos en nuestro tête-à -tête, y que, al entrar, habÃa oÃdo las últimas palabras de mi padre.