La prima Phillis
La prima Phillis —Entonces, ¿son de Phillis Holman esos labios tan bonitos de los que hablaba tu padre? Supongo que serÃan un buen antÃdoto para la inteligencia y el saber. Pero deberÃa disculparme por interrumpir esta conversación la última noche que estáis juntos. He venido a hablar de negocios con tu padre.
Y los dos empezaron a debatir un montón de cosas que en aquel entonces no me interesaban, y yo me puse a recordar lo que acababa de decirme mi padre. Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de no haber mentido sobre lo que sentÃa por Phillis Holman. La querÃa como a una hermana, pero era incapaz de imaginarla como mi mujer. Y todavÃa me parecÃa más imposible que ella… accediera, sÃ, ésa es la palabra… accediera a casarse conmigo. Estaba ensimismado pensando en cómo me gustarÃa que fuera mi mujer cuando oà la voz de mi padre deshaciéndose en elogios del pastor y describiéndolo como un hombre excepcional. Ignoro cómo pasaron del diámetro de una rueda motriz a los Holman, pero comprendà que las efusivas alabanzas de mi padre estaban despertando la curiosidad del señor Holdsworth. Lo cierto es que me dijo casi en tono de reproche:
—¡Caramba, Paul! Nunca me habÃas contado cómo era tu primo el pastor…
—No lo sabÃa aún, señor —respond×. Y, de haberlo sabido, seguro que no me habrÃa hecho tanto caso como a mi padre.