La prima Phillis
La prima Phillis Finalmente, creo que en junio, estuvo bastante recuperado para regresar a su alojamiento de Eltham y reanudar, al menos en parte, su trabajo en el ferrocarril. Su hermana, la señora Robinson, había tenido que dejarle unas semanas antes, a raíz de cierta epidemia que se había declarado entre sus propios hijos. Mientras visité al señor Holdsworth en las habitaciones de la pequeña posada de Hensleydale, donde me acostumbré a mirarlo como a un enfermo, no fui consciente de lo mucho que había desmejorado su aspecto. Pero, cuando volvió a su antiguo alojamiento, donde yo le había visto siempre tan animado, elocuente, decidido y vigoroso, se me cayó el alma a los pies al ver el cambio que se había operado en alguien a quien yo siempre había admirado y querido tanto. En cuanto hacía el menor esfuerzo, se quedaba en silencio, presa del desánimo; parecía incapaz de tomar una decisión, y, cuando la tomaba, le faltaba energía para llevarla a buen puerto. Por supuesto, después de su grave enfermedad, era normal que la recuperación fuera lenta; pero en aquel tiempo yo no lo sabía, y quizá exageré al describir su estado a mis bondadosos parientes de la granja Esperanza, que, con sus maneras graves, sencillas y animosas, pensaron de inmediato en la única ayuda que podían ofrecerle.