La prima Phillis
La prima Phillis Y, toda sonrojada, nos guió hasta la casa. Cuando entramos, Phillis acercó una pesada butaca llena de cojines, en la que Holdsworth se desplomó feliz. Después, con prontitud y destreza, trajo agua, vino, un bizcocho, pan casero y mantequilla recién batida en una pequeña bandeja. Esperó en pie, con aire preocupado, hasta que la comida y la bebida devolvieron el color al señor Holdsworth, y éste se disculpó riendo por el susto que nos había dado. Entonces Phillis dejó de dar tímidas muestras de inquietud e interés, y volvió a adoptar el frío retraimiento de cuando estaba entre extraños. Le tendió al señor Holdsworth el último semanario del condado (que él había leído cinco días antes), y salió silenciosamente de la sala. Después de recostarse en la butaca y de cerrar los ojos como para descabezar un breve sueño, el señor Holdsworth se sumió en una especie de sopor. Me fui sin hacer ruido a la cocina, detrás de Phillis, pero ella había dado la vuelta a la casa y la encontré sentada en el montadero con la cesta de guisantes y un cuenco en el que los sacaba de la vaina. Rover, tumbado a sus pies, intentaba de vez en cuando cazar alguna mosca. Me acerqué a ella y traté de ayudarla, pero, por algún motivo, los dulces y crujientes guisantes recién cogidos acababan con más frecuencia en mi boca que en la cesta, mientras los dos hablábamos muy bajo, para que no se oyeran nuestras voces a través de los ventanales abiertos de la sala donde descansaba Holdsworth.