La prima Phillis

La prima Phillis

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¡Una mujer! ¡Una mujer hermosa! Yo pensaba en Phillis como en una joven bonita pero desmañada; no podía apartar de mi cabeza su guardapolvo cuando trataba de verla en mi imaginación. Me volví para mirarla, como había hecho el señor Holdsworth, al otro lado de la ventana: acababa de terminar su tarea y estaba en pie, de espaldas a nosotros, sujetando la cesta en alto con el cuenco en su interior, fuera del alcance de Rover, que daba rienda suelta a su alegría ante un posible cambio de lugar de diversión con toda clase de saltos, ladridos y zarpazos para adueñarse de lo que consideraba su merecido premio. Al final, Phillis se cansó de jugar con él, y, después de simular que le daba un manotazo, le gritó: «¡Siéntate, Rover! ¡Y cállate ya!». Se volvió hacia la ventana donde estábamos nosotros, a fin de asegurarse de que no había molestado a nadie; al vernos, se puso roja como la grana y se alejó corriendo; Rover la siguió describiendo sinuosas curvas a su alrededor.

—Me gustaría hacer un dibujo de tu prima Phillis —dijo el señor Holdsworth, apartándose de la ventana.

Volvió a su butaca y guardó unos minutos de silencio. Luego se puso de nuevo en pie.

—Daría cualquier cosa por un libro —comentó—. Me tranquilizaría mucho.

Empezó a mirar a uno y otro lado; había unos cuantos volúmenes en un extremo del juego del tejo.


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