La prima Phillis
La prima Phillis —Sà —respondió él—. Me muero de impaciencia por reincorporarme a mi puesto. La semana pasada me horrorizaba pensar en el trabajo: ahora estoy deseando volver. Esta semana en el campo me ha sentado de maravilla.
—Entonces, ¿lo ha pasado bien?
—¡Oh! Ha sido perfecto a su manera. ¡La auténtica vida campestre! Y, sin embargo, carente de toda esa monotonÃa que yo asociaba a la vida rural… Y todo gracias a la extraordinaria inteligencia del pastor. Me he acostumbrado a llamarle «el pastor», como todo el mundo.
—Entonces, ¿se lleva bien con él? —pregunté—. TenÃa un poco de miedo.
—Ha estado a punto de disgustarse conmigo un par de veces, me temo, por la precipitación y exageración de mis afirmaciones, ésas que hacemos a todo el mundo sin concederles importancia. Pero he intentado refrenarme al ver lo mucho que escandalizaban al buen hombre; y lo cierto es que es un ejercicio saludable intentar que las palabras reflejen el pensamiento de uno, en lugar de pensar sólo en su efecto sobre los demás.
—Entonces, ¿se han hecho amigos? —quise saber.