La prima Phillis
La prima Phillis —Muy amigos; al menos en lo que a mà respecta. Jamás he visto a un hombre con tanta sed de conocimientos. De cuanto puede aprenderse en un libro, el pastor sabe mucho más que yo de casi todas las materias; pero yo he viajado y he visto… ¿No te sorprendió la lista de cosas que te pedà que me enviaras?
—SÃ; y pensé que no auguraban mucho descanso.
—¡Ah! Unos libros eran para el pastor y otros, para su hija. (La llamo Phillis para mis adentros, pero recurro a algún eufemismo cuando hablo de ella con los demás. No quiero tomarme demasiadas familiaridades, y todavÃa no he oÃdo a nadie llamarla «señorita Holman»).
—Supuse que los libros italianos eran para ella.
—¡SÃ! ¡Imagina a tu prima tratando de leer a Dante como primer libro italiano! Tengo una novela magnÃfica de Manzoni, I promesi sposi[14], ideal para principiantes.
—¿Acabó descubriendo que usted habÃa escrito aquellas definiciones en su lista de palabras?
—¡Oh, sÃ! —dijo con una sonrisa divertida y satisfecha.
Iba a contarme lo ocurrido, pero se abstuvo.
—No creo que el pastor aprobara que usted le diera una novela…