La prima Phillis

La prima Phillis

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—Así me gusta —dijo ella—. Pero cuídese y no trabaje demasiado. Espero que siga bebiendo una taza de leche recién ordeñada todas las mañanas, estoy segura de que es la mejor medicina. Y puede añadirle una cucharadita de ron si lo desea; dicen que es buenísimo, pero en esta casa no tenemos ron.

Llevé conmigo un ajetreo que creo que Holdsworth había empezado a olvidar; y es natural que buscara mi compañía después de una semana de retiro. En una ocasión en que estábamos conversando, vi que Phillis nos observaba con una especie de curiosidad melancólica; pero, en cuanto advirtió mi mirada, se marchó con las mejillas encendidas por el rubor.

Aquella noche hablé un poco con el pastor. Me fui dando un paseo por la carretera de Hornby para encontrarme con él, pues Holdsworth estaba dando una clase de italiano a Phillis, y la prima Holman se había quedado dormida sobre sus labores.

Por algún motivo, y con gran complacencia por mi parte, nuestra conversación recayó en el amigo que había llevado a la granja Esperanza.

—¡Sí! Me gusta —dijo el pastor, sopesando un tanto sus palabras—. Claro que me gusta. Espero no equivocarme al juzgarle, pero se ha ganado mi simpatía. He llegado a temer que su entusiasmo me arrastrara en contra de mi criterio.


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