La prima Phillis
La prima Phillis El traslado a Hornby nos llevó algún tiempo, y ninguno tuvo un momento libre para visitar la granja Esperanza. El señor Holdsworth había estado una vez allí durante mis vacaciones. Una mañana muy calurosa, al terminar el trabajo, me propuso dar un paseo y visitar a los Holman. Dio la casualidad de que no había tenido tiempo de escribir mi carta semanal a casa, y quería hacerlo antes de salir. Él me dijo que iría por delante, y que, si quería, podíamos vernos allí más tarde. Y eso es lo que hice una hora después. Recuerdo que hacía un calor tan sofocante que me quité la chaqueta mientras andaba, y me la eché al hombro. Cuando llegué, todas las puertas y las ventanas de la granja estaban abiertas, y no se movía ni una hoja. Reinaba un profundo silencio. Al principio pensé que no había nadie, pero, al acercarme a la puerta, oí una voz muy suave y muy dulce que empezaba a cantar; era la prima Holman, sola en el cuarto de estar, entonando un himno mientras tejía bajo una luz mortecina. Me dio una cariñosa bienvenida, y me puso al corriente de cuanto había ocurrido en la granja en los últimos quince días; yo le hablé, por mi parte, de mi familia y de mi estancia en casa.
Finalmente pregunté dónde estaban los demás.