Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Todo aquel que era capaz de comprender el sentimiento imperante en Monkshaven en aquella época era probablemente consciente de que la situación podía estallar en cualquier momento, y probablemente había personas con el suficiente sentido común para sorprenderse de que ello no hubiera ocurrido en fecha muy anterior. Pues hasta febrero apenas hubo gritos y gruñidos de rabia mientras la patrulla fue haciendo sus capturas, primero aquí, luego allá; al parecer, la cosa estaba tranquila durante días, luego se sabía que habían apresado a alguien en la costa, a cierta distancia, y de pronto se llevaban a un marinero del mismísimo corazón de la ciudad. Daba la impresión de que la patrulla no quería provocar una hostilidad general, como la que les había hecho huir de Shields, y habrían apaciguado a los habitantes de haber podido; los oficiales que formaban parte del servicio y que estaban a bordo de los tres buques de guerra a menudo iban a la ciudad, gastaban abundantemente, hablaban con todo el mundo con animada cordialidad, y procuraban hacerse conocer entre la sociedad para tener acceso a las casas de los magistrados de la zona o a la rectoría. Pero eso, aunque agradable, de nada servía para el objeto de su presencia allí; y, por tanto, se tomó un paso más decidido en una época en la que, a pesar de que no diera esa impresión, la ciudad estaba llena de marineros de los mares de Groenlandia que venían a renovar sus contratos anuales, los cuales, una vez formados, les concederían el derecho legal de protección contra la leva forzosa. Una noche -era un sábado, 23 de febrero, en medio de una terrible helada, con un viento del nordeste que barría las calles, por lo que los hombres y las mujeres estaban encerrados en sus casas-, todos se sobresaltaron, calientes y contentos como estaban en sus casas, cuando oyeron sonar la campana de alarma contra incendios pidiendo ayuda. Dicha campana se hallaba en el mercado, donde convergían la calle Mayor y la calle del Puente: todos sabían lo que significaba. Alguna vivienda, o quizá una casa de calderas, estaba en llamas, y se solicitaba que los vecinos acudieran a toda prisa, en una población donde no había agua corriente ni bombas de agua contra incendios. Los hombres agarraron sus sombreros y salieron a la calle, sus esposas les siguieron, algunas agarrando la primera prenda que encontraron, y cubriendo con ella a sus apresurados maridos, y otros simplemente con esa mezcla de temor y curiosidad que atrae a la gente a la escena de un desastre. La gente que había llevado sus cosas al mercado y estaba ya llegando a sus casas, tras haber permanecido en la ciudad hasta que la oscuridad ocultara su camino, dieron media vuelta y regresaron al oír el sonido incesante de la campana, cuyo tañido era cada vez más rápido, como si el peligro se hiciera más acuciante.