Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Sylvia se puso a llorar como si le hubiese roto el corazón. La noche antes se había comprometido con Philip más de lo que le había confesado a Kester; y, con mucho esfuerzo y paciencia, su primo, su enamorado y, ay, su futuro marido, se lo había hecho comprender a la confusa mente de Bell, quien a lo largo del día había dado muestras de que no pensaba en otra cosa, y que esa idea la llenaba de una inmensa paz. Y ahora las palabras de Kester despertaban recuerdos en el corazón de la muchacha. Justo en ese momento en que se sentía muy desgraciada, y deseaba que se abriera la tumba ante sus ojos y arrojarse a ella, y que la cubriera la verde hierba y poder olvidarse de los amargos pesares y las onerosas preocupaciones que la apabullaban, que su padre estuviera vivo, que Charley estuviera de nuevo con ella, y no haberle repetido a Kester las solemnes palabras mediante las que se había prometido a Philip la noche anterior, oyó un silbido leve, y, mirando inconscientemente a su alrededor, vio a su enamorado y prometido, apoyado en la verja, contemplando la parcela con unos ojos apasionados, devorando la hermosa cara y figura de Sylvia, su futura esposa.

- Oh, Kester -dijo una vez más-. ¿Qué debo hacer? Me he prometido de palabra con él, y madre nos ha dado su bendición con mejor juicio del que ha demostrado en semanas. ¡Kester, hombre, di algo! ¿Debo romper el compromiso? Dímelo.


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