Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - Bueno, chica. ¿Te has comprado la capa nueva?
- Sí, padre, la de color escarlata.
- ¡Vaya, vaya! ¿Y qué dice tu madre?
- Oh, madre está contenta -dijo Sylvia, aunque sin tenerlo del todo claro, pero decidida a desafiar a Philip fuera cual fuera el riesgo.
- Madre se aguantará siempre y cuando no se la manche, creo -dijo Bell sin levantar la voz.
- Yo quería que Sylvia se comprara la gris -dijo Philip.
- Y yo elegí la roja; es mucho más alegre, y la gente me ve desde lejos. A padre le gusta verme enseguida cuando me espera en el sendero, ¿no es verdad, padre? Y nunca me pongo la ropa nueva cuando va a llover, por lo que nunca se me manchará, mami.
- Pensaba que era para llevar cuando hacía frío -dijo Bell-. Al menos ese fue el pretexto que utilizaste para convencer a tu padre.
Lo dijo en tono amable, aunque fueron más las palabras de una madre prudente que cariñosa. Pero, al parecer, Sylvia la entendía mejor que Daniel.
- No digas eso, mujer. Sylvia no me puso ningún pretexto.
No sabía muy bien lo que era un «pretexto»: Bell era un poco más culta que su marido, pero él no se permitía reconocerlo, y siempre la contradecía cuando ella utilizaba una palabra que escapaba a su comprensión.