Mary Barton

Mary Barton

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—¿Que por qué se lo permitimos…? Pues porque no hubo forma de retenerlo. En cuanto oyó hablar a su padre (y no tardó en hacerlo), Jem salió disparado y dijo que sabía mejor que nosotros dónde encontrar al otro hombre. Cualquiera de nosotros habría ido, si no hubiese sido tan rápido: nadie puede decir que los bomberos de Manchester se acobardan cuando hay peligro.

Con estas palabras se marchó y las dos jóvenes volvieron a casa sin decir nada. Las alcanzó Wilson padre, pálido, sucio y con los ojos enrojecidos, pero en apariencia tan fuerte como siempre. Estuvo uno o dos minutos con ellas explicándoles por qué se había entretenido en salir de la fábrica; luego les deseó apresuradamente buenas noches y dijo que debía volver a casa y decirle a su mujer que estaba sano y salvo, pero después de unos pasos dio media vuelta se acercó a Mary en la acera y con un susurro muy serio que Margaret no pudo evitar oír le dijo:

—Mary, si ves a mi chico esta noche, trátale con amabilidad, hazlo por mí. Sé una buena chica y ¡que Dios te bendiga!

Mary siguió con la cabeza gacha y no dijo ni palabra, y un instante después Wilson se había ido.


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