Mary Barton

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Dejó que le tapara los ojos con las manos y le besara el rostro rubicundo. Luego Amy le quitó el periódico, a lo que él opuso cierta fingida resistencia, y no dejó que su hermano Harry siguiera leyendo su revista.

—Esta mañana soy la única chica, papá, así que tendrás que hacerme caso.

—Cariño, me parece a mí que siempre acabas saliéndote con la tuya, tanto si eres la única chica como si no.

—Sí, papá, tengo que reconocer que eres muy bueno y obediente, pero lamento decir que Harry es muy malo y no hace lo que le digo, ¿a que no, Harry?

—No sé de qué pretendes acusarme, Amy; esperaba halagos y no reproches. ¿Acaso no te conseguí en la ciudad esa eau de Portugal que no encontrabas en Hughes, pequeña ratita desagradecida?

—¿Ah, sí? ¡Oh, mi dulce Harry! Eres tan dulce como la propia eau de Portugal, y casi tan bueno como papá, pero aun así sabes que olvidaste ir a preguntarle a Bigland por esa rosa nueva que dicen que tiene.

—No, Amy, no lo olvidé. Se lo pregunté y la tiene sans réproche, pero ¿sabías, mi pequeña manirrota, que una de las más pequeñas cuesta media guinea?

—¡Oh, qué más da! Papá me regalará una, ¿verdad, papá querido? Sabe que su hijita no puede vivir sin flores y aromas.


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