Mary Barton

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El señor Carson trató de resistirse a la niña de sus ojos, pero ella logró su aquiescencia adulándole, asegurándole que era imprescindible para ella y que la vida no valía la pena sin flores.

—En ese caso, Amy —dijo su hermano—, trata de contentarte con peonías y dientes de león.

—¡Qué malo eres! Eso no son flores. Además, tú eres tan manirroto como yo. ¿Quién pagó media corona por un ramito de lilas del valle en Yates hace un mes y luego no quiso dárselas a su pobre hermana pequeña ni aunque se lo pidiera de rodillas? Responde a eso, maese Hal.

—Por la fuerza, no[23] —replicó su hermano con una sonrisa en los labios y una mirada irritada en los ojos. Luego se ruborizó y se quedó pálido y avergonzado.

—Con permiso, señor —dijo un criado entrando en la sala—, hay uno de los empleados de la fábrica que quiere verle; dice que se llama Wilson.

—Iré a verle ahora mismo; un momento, dígale que venga aquí.

Amy corrió al invernadero que comunicaba con la biblioteca antes de que hiciesen pasar al demacrado, pálido, sucio y mal afeitado tejedor, que se detuvo en la puerta, pasándose la mano por el pelo con un antiguo gesto campesino y echando de vez en cuando una mirada al esplendor de la sala.


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