Mary Barton
Mary Barton —Acércate —dijo Barton—. Ha empeorado desde que te fuiste, ¿no crees? —Wilson lo miró. Las mejillas estaban hundidas, los rasgos marcados, huesudos y rÃgidos. TenÃa el temible color ceniciento de la muerte. Y, aunque los ojos seguÃan vivos y abiertos, empezaba a velarlos la fina mortaja de la tumba—. Despertó de su sopor al marcharte y empezó a gemir y murmurar, aunque enseguida volvió a desmayarse y no supimos que estaba despierto hasta que llamó a su mujer, pero ahora que está aquà no le ha dicho nada.
Todos intuÃan que probablemente no fuera capaz de hablar, pues las fuerzas lo estaban abandonando. Lo rodearon sin decir palabra; incluso la mujer contuvo sus sollozos aunque tenÃa la sensación de que estaba a punto de desgarrársele el corazón. Se llevó el niño al pecho para tratar de calmarlo. Los ojos de todos estaban pendientes de aquel hombre todavÃa con vida pero que agonizaba muy deprisa. Por fin puso (con un esfuerzo convulso) las manos como si rezara. Vieron moverse los labios y se agacharon para oÃr sus palabras, que pronunció dando boqueadas.
—¡Oh, Señor! Cuánto te agradezco que la fatigosa lucha por la existencia haya concluido.
—¡Oh, Ben… Ben! —gimoteó su mujer—. ¿Es que no te acuerdas de m� ¡Oh, Ben… Ben! Di una sola palabra que me ayude a seguir viviendo.