Mary Barton
Mary Barton No pudo seguir hablando. La trompeta del arcángel liberaría su lengua para siempre, pero hasta entonces no pronunciaría ni una sola palabra más. No obstante, la oyó y comprendió, y, aunque le faltara el aliento, movió la mano a tientas sobre la manta. Todos supieron lo que pretendía y la guiaron hasta la cabeza de su mujer que, sumida en su aflicción, se había tapado la cara con las manos. La dejó allí con un leve gesto de cariño. Su rostro se tornó más hermoso a medida que el alma se acercaba a Dios. Lo embargó una paz que desafiaba toda comprensión. La mano se convirtió en un peso rígido sobre la cabeza de su mujer. Concluyeron sus penas y pesares. Con reverencia, tendieron el cadáver en su lecho de muerte y Wilson cogió su única camisa para ponérsela. La mujer seguía tapándose la cara con la ropa de cama, presa de un estupor agónico.
Se oyó un golpe en la puerta y Barton fue a abrir. Era Mary, a quien una vecina había dado un recado de su padre avisándole de dónde se encontraba y que había salido pronto de casa para hablar con él antes de ir a trabajar; aunque unos encargos que había tenido que hacer para la señorita Simmonds la habían entretenido.
—Pasa, muchacha —dijo su padre—. Intenta consolar a esa pobre mujer que ves arrodillada ahí. ¡Que Dios la ayude!