Mary Barton

Mary Barton

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Mary no sabía qué decirle ni cómo consolarla; pero se arrodilló a su lado y le pasó el brazo por el hombro, y al cabo de un momento se puso a llorar tan amargamente que contagió a la viuda, cuyo corazón se vio aliviado por un instante.

Y, llevada por sus ansias de consolar a la pobre y desdichada mujer, Mary olvidó su cita con su enamorado, Harry Carson, los encargos de la señorita Simmonds, y su rabia. Su dulce rostro nunca había parecido tan angelical como cuando murmuró sus entrecortadas frases de consuelo.

—Oh, no llore así, querida señora Davenport, se lo ruego, no siga. Sin duda, ha ido a un lugar donde no tendrá que preocuparse más. Sí, sé lo sola que se debe usted sentir, pero piense en sus hijos. ¡Oh!, todos le ayudaremos a alimentarlos. Piense en lo triste que estaría él si la viera tan angustiada. No llore, por favor, no llore usted más.

Y acabó sollozando con tanta intensidad como la desdichada viuda.




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