Mary Barton
Mary Barton Barton y Wilson la acompañaron con sus dos hijos mayores detrás del ataúd. Fue un funeral a pie muy sencillo, sin nada que ofendiera los sentimientos de nadie; y, en mi opinión, mucho más acorde con su objeto que los espléndidos coches fúnebres y las plumas que forman la grotesca pompa funeraria de las personas respetables. Nada de «arrastrar los huesos sobre los adoquines» como en el funeral del pobre[24]. Lo acompañó decente y silenciosamente hasta la tumba alguien decidido a soportar con humildad aquella aflicción por su causa. El único indicio de pobreza en el entierro concernía a los vivos y alegres más que a los muertos y pesarosos. Cuando llegaron al cementerio, se detuvieron ante una hermosa lápida; en realidad un remedo de madera de las piedras respetables que adornaban el camposanto. Se alzaba en pocos minutos y debajo estaba la fosa en que se amontonaban los cadáveres de los pobres hasta medio metro de la superficie: cuando se allanaba el terreno, la lápida de madera cumplía su función temporal junto a otra tumba. Aunque poco les importó a quienes iban a enterrar al muerto.