Mary Barton
Mary Barton Se sentía animosa, ahora que había recobrado las fuerzas después de comer bien una o dos semanas, y no desfalleció. Así que se puso a cuidar a unos niños, que cada día llevaban su propia comida que ella cocinaba sin robarles ni una migaja, y por la noche, después de devolvérselos a sus madres, se ponía a coser con «hilo, dedal y cinta[25]» y se dedicaba a pensar cómo engañar al inspector de la fábrica y persuadirle de que su fuerte, grande y hambriento Ben tenía más de trece años. Había organizado así su vida cuando supo con agudo pesar que los gemelos de Wilson habían contraído la fiebre, y apenas parecían tener una sola vida entre los dos. Una vida, unas fuerzas y, en este caso, podríamos decir un cerebro; pues eran niños buenos, indefensos y un poco retrasados, aunque no por eso menos queridos por sus padres y por su fuerte, animoso y viril hermano mayor. Habían tardado mucho en andar, hablar, y en todo lo demás, y habían necesitado cuidados cuando otros chiquillos de su edad corrían por las calles, se perdían y la policía los encontraba a kilómetros de su casa.
Sin embargo, la necesidad nunca había apremiado tanto a los Wilson como para que dejaran de querer a aquellos inocentes. Y tampoco fue el caso ahora, cuando lo que ganaba Jem Wilson y los trabajillos ocasionales de la madre apenas bastaban para comprar comida para todos.