Mary Barton

Mary Barton

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Sacó una apetitosa barra de pan y puso a Mary a cortar rebanadas y untarlas de mantequilla mientras ella colocaba las tazas de té, un sonido que siempre resulta reconfortante.

Cuando acababan de sentarse, oyeron llamar a la puerta y, sin esperar a que abrieran, alguien levantó el pestillo y una voz masculina preguntó si vivía ahí un tal George Wilson.

La señora Wilson estaba empezando una larga y melancólica explicación de que había vivido allí, pero había muerto de repente, cuando Alice, movida por el instinto del amor (pues en todos los demás casos la vista y el oído tardaban más en informarla de las cosas que a los demás), se levantó y se dirigió vacilante hacia la puerta.

—¡Mi niño…! ¡Mi querido niño! —exclamó abrazándose al cuello de Will Wilson.

El lector imaginará la hospitalaria y alegre conmoción que se produjo después; cómo rió, habló y lloró al mismo tiempo (suponiendo que tal cosa sea posible) la señora Wilson; y cómo Mary miró complacida y sorprendida a su antiguo compañero de juegos, convertido ahora en un marinero apuesto, bronceado, con aros en las orejas, franco, cordial y afectuoso.


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