Mary Barton

Mary Barton

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Pero más extraordinaria fue la alegría de Alice al ver a su hijo adoptivo. No dijo nada, porque no pudo hacerlo, pero las lágrimas corrieron por sus marchitas mejillas y empañaron los cristales de las gafas de concha que se había puesto para escudriñar con cariño su rostro. Por fin su menguada vista y los ojos cegados por las lágrimas la obligaron a renunciar a ese sentido para memorizar su cara y lo intentó con otro. Temblando de impaciencia, pasó las manos empapadas y arrugadas por el rostro viril que él le acercó humildemente para que pudiera proseguir más fácilmente su extraña inspección. Por fin se quedó más tranquila.

Después del té, Mary, con la seguridad de que ambas partes tenían mucho que contarse y que sería mejor que no hubiese nadie presente, ni siquiera una íntima amiga como ella, se levantó para marcharse. Eso pareció sacar a Alice de su soñolienta sensación de extremada felicidad y acompañó a la joven a toda prisa hasta la puerta. Una vez fuera, con la mano en el picaporte, cogió a Mary del brazo y le habló casi por primera vez desde el regreso de su sobrino.

—¡Cariño! Nunca me lo perdonaré si mis malvadas palabras de esta noche se interponen en tu camino. ¡Mira cómo el Señor ha puesto carbones encendidos sobre mi cabeza! ¡Oh! Mary, no dejes que tu fe se debilite porque yo sea un Tomás incrédulo. Confía pacientemente en el Señor cualquiera que sea tu preocupación[51].


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