Mary Barton
Mary Barton —Vamos, vamos, no sea impertinente —respondió el señor Carson, que, tras averiguar lo que querÃa saber (es decir, que Jem estaba enamorado de Mary y ella no le correspondÃa), solo deseaba seguir su camino—. Padre, hermano o amante despechado —subrayó la palabra «despechado»—, nadie tiene derecho a entrometerse entre esa joven y yo. Y nadie lo hará. ¡Váyase al demonio y quÃtese de mi camino, o tendré que quitarle yo mismo! —exclamó al ver que Jem seguÃa cortándole el paso con obstinada determinación.
—No lo haré hasta que me dé usted su palabra de que sus intenciones son honestas —masculló el operario mientras la rabia cubrÃa de lividez su rostro.
—¿Ah, no? —dijo con una risotada insultante—, en ese caso tendré que obligarle.
El joven alzó la fusta y le propinó un golpe en la cara. Un instante después se encontró en el suelo polvoriento; Jem estaba encima de él jadeando de rabia. Es imposible saber lo que habrÃa hecho después en ese momento de pasión ingobernable, pero un policÃa llevaba un rato observándolos desde la calle principal en la que desembocaba aquel camino, pues se temÃa una conclusión parecida a ésta, tras la violenta discusión que tenÃa lugar entre los dos jóvenes. En un instante inmovilizó a Jem, que, sorprendido, no se resistió.
El joven Carson se puso enseguida en pie con el rostro encendido por la rabia o la vergüenza.